El taller
Lo que no cambió
Lo primero que me acuerdo es el ruido. La sierra prendida temprano, el olor a madera recién cortada, mi papá midiendo dos veces antes de cortar una sola.
Empezamos en el fondo de casa, con una carpintería chica donde se hacía lo que hiciera falta esa semana: un vajillero, un mueble a medida, una mesa que alguien venía a buscar. Ese galpón ya no está.
Con los años se sumaron mis tres hermanos, uno detrás del otro, y la carpintería de mi papá terminó siendo de los cuatro.

Cada pedido tiene nombre
Acá no entra una orden de compra: entra el comedor de alguien. Sabemos para quién es cada mesa que está en el taller, cuánto mide y de qué lado le entra la luz.
Por eso preferimos conversar antes: qué madera, qué tela, qué medida, cuántas personas se sientan. Media hora de charla evita meses de arrepentimiento.

Las siete de la mañana
Abrimos a las siete. Arrancan las máquinas, alguien pone música y se prepara el primer mate. Las sillas siguen saliendo de a una, porque hay cosas que no conviene apurar.

Todo se hace acá
Hoy somos más de sesenta personas en cuatro talleres: carpinteros, tapiceros, y quienes atienden y entregan. La madera llega en tablas y sale convertida en una mesa sin haber salido de acá. Cada tarugo lo coloca una persona. Tardamos más que otros, y es a propósito.

Y si algo no cierra
La madera es un material vivo: se mueve, cambia con la luz y con los años. A veces la pieza llega y no es exactamente la que tenías en la cabeza.
Cuando pasa, lo resolvemos. La retocamos, la cambiamos, volvemos las veces que haga falta. Nunca vas a quedarte sola con el problema. Eso es lo que ganamos fabricando nosotros en lugar de importar: poder arreglarlo.
